miércoles, 18 de marzo de 2015

CUENTO POR ENTREGAS… Parte 1 de 9


Hace más de 15 años —diría que casi 20 pero no estoy segura—, escribí esta suerte de “cuento simbólico”. Tiene lo primitivo (lo rudimentario, diría) de lo que solía escribir en aquella época, pero tiene también algo de mítico. Algo que, a la luz del nuevo giro de la rueda del camino del héroe que mi vida ha emprendido desde hace un tiempo, cobra nuevos y más profundos sentidos.
Si hoy tuviese que reescribirlo, seguramente lo haría contando la historia de cuatro niños que se me presentaron en un sueño y que viven detrás de una fábrica: el chico flaco y valiente, la niña ciega y buena, el pequeñito con la gorra “a lo Dickens” que siempre piensa en los demás, y el robusto muchachito del martillo cuya furia es incontenible. Y sería una historia muy distinta… una nueva y diferente versión de ésta.
Pero, en aquella época tomé una imagen de High Hopes de Pink Floyd y mucho de las imágenes que Carl C. Jung vertía en sus artículos de El hombre y sus símbolos, e hice este mapa poco fiable que comenzaré a publicar en este blog, por entregas, luego de más de quince años de dormir a la espera de su momento.
El obvio depositario de mi dedicatoria es mi padre, Héctor Miguel, quien sigue cuidándome de que no me caiga de la bicicleta al aprender a andar… o, tal vez, de que lo haga en los momentos adecuados.


(Y mi sincero e inmenso agradecimiento a: Miguel Ángel T. y Andrea F.)

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EL ÁNIMA Y EL HOMBRE DE LA RUEDA GIGANTE

(por: Teresa P. Mira de Echeverría)


Estar encadenado, bajo cualquier tipo de cadenas, es algo literalmente terrible.
Estar encadenado por uno mismo, por propia responsabilidad, bajo propia mano —o como se quiera decir— es casi insoportable.
Y nótese que digo casi, porque esto es lo más común del mundo; me atrevería a decir que es inherente a la raza humana.

1: Y abrió los ojos...

"Anguish-14", Seo Young-Deok
Ikur tenía la sensación... esa sensación, esa: la de estar atado.
Lo notable era que, luego de miles de años, siguiera siendo para él sólo eso: una sensación. Y es que Ikur realmente estaba atado.
Sus amarras, unas largas y plateadas cadenas, habían sido forjadas eslabón por eslabón con sus propios deseos. Cada deseo, un eslabón.
Los eslabones eran al principio relucientes y bellos; la plata finísima con que estaban hechos brillaba en caleidoscópicos matices bajo la mirada de Ikur. Pero como todo lo bello y reluciente, al poco tiempo, un tiempo que cada vez era más corto, se tornaban opacas, grises y tristes; hasta que finalmente se volvían negras como una noche sin estrellas, y sin esperanza de estrellas.
Ikur no siempre había tenido la sensación de estar atado, eso era algo nuevo. Para Ikur, al principio, las cadenas eran algo normal, hasta que se convirtieron en parte de su propio cuerpo; o al menos eso creía Ikur.
Pero un día, en un sueño, o en una mirada, en una congoja que le oprimía el pecho más que sus queridas cadenas, o quien sabe en qué milagroso e inesperado (o esperado) evento, descubrió que su cuerpo se limitaba antes de llegar a las cadenas y que éstas no eran parte de él.
Ikur había forjado esas cadenas eslabón por eslabón. Cada deseo, un eslabón.
Con sus propios deseos habían sido forjadas.
Pero Ikur no deseaba nada malo. No deseaba nada impropio. No deseaba nada dañino. Sus deseos eran inocentes, simples, vulgares; tenían la inocencia y la vulgaridad de lo normal y lo catastrófico.
Había deseado ser más bello, más querido, más comprendido, mejor.
Así, había aparecido un eslabón, y otro eslabón, y otro eslabón, y muchos más.
Ahora Ikur estaba creciendo, no porque quisiera hacerlo, sino porque la Ley del Tiempo así lo dictaminaba; y la ley del tiempo tiene una ventaja: no tienes que querer cumplirla, ni siquiera respetarla; porque la ley del tiempo se hace cumplir por sí misma.
De modo que Ikur había crecido y había cumplido con el segundo artículo de la ley del tiempo: «Crecerás».
Y ahora que Ikur crecía, sentía la “creciente” asfixia que le provocaban sus cadenas.
Ikur sintió así, por primera vez, la sensación de estar atado. No porque no pudiera moverse —como efectivamente no podía—, tampoco porque las cadenas le impidieran crecer —como efectivamente le estaban impidiendo—, sino porque llegó un punto en que ya le estaban impidiendo respirar.
Y como muy poca gente sabe, respirar es un derecho inalienable de todo ser humano, por el sólo hecho de ser humano.
Y a Ikur se le estaba dificultando el respirar, lo cual constituía un problema; máxime sabiendo que Ikur sólo “sentía” que no podía respirar, pues Ikur aún no sabía que no podía hacerlo.
Ikur sólo sentía, y sentir había sido el inicio de sus problemas; no porque sintiera, sino porque sólo sentía.
Finalmente sucedió lo que debía suceder, ahogado por la opresión, Ikur logró mover su cabeza en un sacudón desesperado, y esa sacudida fue reveladora.
Primero, vio que tenía cadenas, no las reconoció como tales, aún menos sabía que se llamasen de ese modo, tampoco comprendió qué eran o para qué servían; pero en su mente la sensación de estar atado y la visión de las cadenas se unieron en una sola imagen: la única imagen verdadera que Ikur recordase.
Segundo, vio que podía moverse, saboreó el poder del cambio y por primera vez sintió placer fuera de sus deseos; esperó a que se formara un nuevo eslabón con aquella oleada de placer, pero no sucedió así. Ikur había sentido placer sin desearlo o, mejor dicho, deseándolo de otro modo.
Tercero, respiró. Respiró al apartar un eslabón de su cara y vio Ikur que las cadenas eran algo malo, y sin saber qué era lo malo, Ikur deseó no tener ya más cadenas.
Lo cuarto que Ikur vio fue que al desear no tener cadenas, estas comenzaron a multiplicarse y a crecer y a cubrirlo más y más, y a ensañarse salvajemente con él. Obviamente había violado el artículo primero de la Ley de las Cadenas: «Nunca desearás no tener cadenas».
Pero el cataclismo que estaba sufriendo Ikur y que lo colocó al borde del no-ser-vivo
"Anguish-18", Seo Young-Deok
fue, como todo cataclismo que se precie de tal, productivo. Ikur vio que debería hacer otra cosa, algo nuevo, algo distinto... Pero, ¿qué?
Por lo pronto resistió, resistió el avance de las cadenas y las cadenas quisieron hacer algo nuevo, quisieron meterse dentro de él.
Ikur vio que tenía un adentro y que las cadenas tenían que forzarlo para entrar. Ikur vio entonces que las cadenas estaban afuera de Ikur.
Vio también que no quería que las cadenas entrasen porque entonces las cadenas pasarían a ser Ikur.
Comenzó a forcejear con su nueva habilidad, a moverse para zafar de sus ataduras.
Que Ikur recordase, era la primera vez que hacía algo.
Pero ni desear, ni ver, ni hacer, lograban que Ikur se liberase de sus cadenas, aquellas que había construido eslabón por eslabón; cada deseo, un eslabón.
Este era el momento en que cualquiera de nosotros esperaría un héroe, Ikur no sabía lo que era un héroe y creo que tampoco sabía lo que era esperar.
Pero el héroe apareció, como en toda historia que se precie. O más bien siempre había estado allí. Sucede que la Naturaleza actuó e Ikur unió en su mente unas claras conclusiones de lo visto, lo deseado y lo ocurrido: Ikur era y podía ya no ser.
Bastó lo acontecido para que las cadenas se diluyesen en una fina capa de ceniza gris que cayó a sus pies, lenta y suavemente. La amenaza yacía a sus plantas, mansa y vulnerable.
Ikur se detuvo y volvió a pensar en la reveladora frase: Ikur es y puede no ser.
Inmediatamente su mente obtuvo una nueva conclusión: Ikur es.
Y finalmente llegó al punto capital de su reflexión: Él era Ikur.
Recordó estas tres frases muy bien y comenzó a repetirlas en su mente: “Ikur es y puede no ser”. “Ikur es”. “Yo soy Ikur”. “Ikur es y puede no ser”. “Ikur es”. “Yo soy...”
Y mientras repetía una y otra vez lo aprendido, comenzó a caminar sin rumbo, caminar le proporcionaba más placer que desear, y pensar le proporcionaba algo mejor que el placer; Ikur no sabía lo que le proporcionaba y comenzó a reflexionar sobre qué era aquello que no sabía que le proporcionaba pensar y llegó a una conclusión: Ikur no sabía.
Al instante un trueno recorrió su mente y una luz lo cegó. Restregó sus ojos hasta acostumbrarse a la luz: un disco grande y redondo brillaba sobre un fondo celeste muy lejos sobre su cabeza, estaba parado sobre algo verde y suave que se elevaba desde el suelo, y a su alrededor descubrió miles de maravillas. Ikur no sabía lo que eran y solo se quedó viendo todas esas maravillas verdes, azules, rojas, inmóviles y móviles, grandes y pequeñitas; y pensó que algo estaba sucediendo a su alrededor…



1 comentario:

  1. Me gusta como perfila y lo que plantea. Y que sea por entregas me lo hace más interesante para leer jeje.

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