miércoles, 25 de marzo de 2015

CUENTO POR ENTREGAS… Parte 2 de 9


Siguiendo el espíritu del "cuento por entregas" aquí está la SEGUNDA PARTE de las aventuras de Ikur.
No es ésta precisamente una historia que posea el estilo del resto de mis cuentos o novelas. Más bien es una suerte de viaje interior...
Pero todo interior debe abrirse al exterior (sin el cual ni siquiera tendría sentido), incluso tal vez intercambiarse con éste.
Como dijimos en la entrega anterior, si hoy tuviese que reescribirlo... esta etapa del cuento nombraría cosas muy distintas, su protagonista vagaría por entre las estrellas, caería en algún agujero negro capaz de detener el tiempo y desintegrar el espacio y, al mismo tiempo, rehacerlo como en un segundo nacimiento dentro de una botella de Klein...
Pero, éste sigue siendo "aquel cuento", por lo que aún dejo en sus manos High Hopes de Pink Floyd y El hombre y sus símbolos de Carl C. Jung, como mapas.

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EL ÁNIMA Y EL HOMBRE DE LA RUEDA GIGANTE


(por: Teresa P. Mira de Echeverría)


[Estar encadenado, bajo cualquier tipo de cadenas, es algo literalmente terrible.
Estar encadenado por uno mismo, por propia responsabilidad, bajo propia mano —o como se quiera decir— es casi insoportable.
Y nótese que digo casi, porque esto es lo más común del mundo; me atrevería a decir que es inherente a la raza humana.]

2: Él es, ellos son... pero eso no basta.

Ikur llegó a una nueva conclusión: sabía que él era, pero nada más sabía y una inmovilidad más poderosa que la de las cadenas lo envolvió: sin nada a la vista que lo atase.
Ikur no podía mover un sólo músculo.
Yo soy”, repitió Ikur en su mente.
"El arte de la conversación" - René Magritte
Al instante parpadeó.
Y puedo no ser”, agregó.
Consiguió mover un brazo.
Yo soy Ikur.”
Una pierna cedió.
Pero no se le ocurrió nada más, y repetir lo dicho no aportaba ningún nuevo movimiento.
Parpadeaba, pero como no movía la cabeza únicamente podía ver lo que tenía adelante, e Ikur sabía que había algo más a los costados, algo... ¡algo que era, porque estaba a su costado! ¡Algo que era!
Algo es”, pensó.
Su cabeza adquirió movilidad.
Algo es que no es Ikur.”
Su otro brazo respondió.
Los algos son, y no son Ikur. Yo soy, y puedo no ser, yo soy, yo soy Ikur, algo es, lo demás es, ellos son, ellos no son yo”, se entusiasmó Ikur.
Tan feliz se hallaba, que no reparó en que había recuperado su movilidad absoluta.
Pero, si yo soy Ikur, y ellos no son Ikur y aun así son. ¿Qué son ellos que no son Ikur y sin embargo son?”
El disco dorado y grande contra el fondo celeste, allá muy lejos sobre su cabeza, caminó incontables veces hasta que Ikur descubrió que no tenía forma de saber qué eran esos ellos, porque ellos no tenían un nombre, un Ikur en qué pensar que los hiciese diferentes unos de otros. 
Y su desconsuelo fue terrible.
Fue entonces que apareció otro héroe, algo tan extraño que Ikur no supo qué era; algo que tocó el fondo de su mente al par que su corazón:
Una voz muy profunda y muy lejana resonó dentro de él.
AQUÍ ESTÁN. SON. NÓMBRALOS.
E Ikur nombró. 
Días y años pasaron e Ikur nombraba y nombraba; hasta que finalmente todo adquirió un nombre, un nombre que era más que un nombre, un nombre que era el ser y el por qué y el sentido de cada cosa.
Y con ese conocimiento, Ikur adquirió una nueva habilidad: cada vez que nombraba, Ikur oía su propia voz... 
¡Ikur hablaba!


miércoles, 18 de marzo de 2015

CUENTO POR ENTREGAS… Parte 1 de 9


Hace más de 15 años —diría que casi 20 pero no estoy segura—, escribí esta suerte de “cuento simbólico”. Tiene lo primitivo (lo rudimentario, diría) de lo que solía escribir en aquella época, pero tiene también algo de mítico. Algo que, a la luz del nuevo giro de la rueda del camino del héroe que mi vida ha emprendido desde hace un tiempo, cobra nuevos y más profundos sentidos.
Si hoy tuviese que reescribirlo, seguramente lo haría contando la historia de cuatro niños que se me presentaron en un sueño y que viven detrás de una fábrica: el chico flaco y valiente, la niña ciega y buena, el pequeñito con la gorra “a lo Dickens” que siempre piensa en los demás, y el robusto muchachito del martillo cuya furia es incontenible. Y sería una historia muy distinta… una nueva y diferente versión de ésta.
Pero, en aquella época tomé una imagen de High Hopes de Pink Floyd y mucho de las imágenes que Carl C. Jung vertía en sus artículos de El hombre y sus símbolos, e hice este mapa poco fiable que comenzaré a publicar en este blog, por entregas, luego de más de quince años de dormir a la espera de su momento.
El obvio depositario de mi dedicatoria es mi padre, Héctor Miguel, quien sigue cuidándome de que no me caiga de la bicicleta al aprender a andar… o, tal vez, de que lo haga en los momentos adecuados.


(Y mi sincero e inmenso agradecimiento a: Miguel Ángel T. y Andrea F.)

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EL ÁNIMA Y EL HOMBRE DE LA RUEDA GIGANTE

(por: Teresa P. Mira de Echeverría)


Estar encadenado, bajo cualquier tipo de cadenas, es algo literalmente terrible.
Estar encadenado por uno mismo, por propia responsabilidad, bajo propia mano —o como se quiera decir— es casi insoportable.
Y nótese que digo casi, porque esto es lo más común del mundo; me atrevería a decir que es inherente a la raza humana.

1: Y abrió los ojos...

"Anguish-14", Seo Young-Deok
Ikur tenía la sensación... esa sensación, esa: la de estar atado.
Lo notable era que, luego de miles de años, siguiera siendo para él sólo eso: una sensación. Y es que Ikur realmente estaba atado.
Sus amarras, unas largas y plateadas cadenas, habían sido forjadas eslabón por eslabón con sus propios deseos. Cada deseo, un eslabón.
Los eslabones eran al principio relucientes y bellos; la plata finísima con que estaban hechos brillaba en caleidoscópicos matices bajo la mirada de Ikur. Pero como todo lo bello y reluciente, al poco tiempo, un tiempo que cada vez era más corto, se tornaban opacas, grises y tristes; hasta que finalmente se volvían negras como una noche sin estrellas, y sin esperanza de estrellas.
Ikur no siempre había tenido la sensación de estar atado, eso era algo nuevo. Para Ikur, al principio, las cadenas eran algo normal, hasta que se convirtieron en parte de su propio cuerpo; o al menos eso creía Ikur.
Pero un día, en un sueño, o en una mirada, en una congoja que le oprimía el pecho más que sus queridas cadenas, o quien sabe en qué milagroso e inesperado (o esperado) evento, descubrió que su cuerpo se limitaba antes de llegar a las cadenas y que éstas no eran parte de él.
Ikur había forjado esas cadenas eslabón por eslabón. Cada deseo, un eslabón.
Con sus propios deseos habían sido forjadas.
Pero Ikur no deseaba nada malo. No deseaba nada impropio. No deseaba nada dañino. Sus deseos eran inocentes, simples, vulgares; tenían la inocencia y la vulgaridad de lo normal y lo catastrófico.
Había deseado ser más bello, más querido, más comprendido, mejor.
Así, había aparecido un eslabón, y otro eslabón, y otro eslabón, y muchos más.
Ahora Ikur estaba creciendo, no porque quisiera hacerlo, sino porque la Ley del Tiempo así lo dictaminaba; y la ley del tiempo tiene una ventaja: no tienes que querer cumplirla, ni siquiera respetarla; porque la ley del tiempo se hace cumplir por sí misma.
De modo que Ikur había crecido y había cumplido con el segundo artículo de la ley del tiempo: «Crecerás».
Y ahora que Ikur crecía, sentía la “creciente” asfixia que le provocaban sus cadenas.
Ikur sintió así, por primera vez, la sensación de estar atado. No porque no pudiera moverse —como efectivamente no podía—, tampoco porque las cadenas le impidieran crecer —como efectivamente le estaban impidiendo—, sino porque llegó un punto en que ya le estaban impidiendo respirar.
Y como muy poca gente sabe, respirar es un derecho inalienable de todo ser humano, por el sólo hecho de ser humano.
Y a Ikur se le estaba dificultando el respirar, lo cual constituía un problema; máxime sabiendo que Ikur sólo “sentía” que no podía respirar, pues Ikur aún no sabía que no podía hacerlo.
Ikur sólo sentía, y sentir había sido el inicio de sus problemas; no porque sintiera, sino porque sólo sentía.
Finalmente sucedió lo que debía suceder, ahogado por la opresión, Ikur logró mover su cabeza en un sacudón desesperado, y esa sacudida fue reveladora.
Primero, vio que tenía cadenas, no las reconoció como tales, aún menos sabía que se llamasen de ese modo, tampoco comprendió qué eran o para qué servían; pero en su mente la sensación de estar atado y la visión de las cadenas se unieron en una sola imagen: la única imagen verdadera que Ikur recordase.
Segundo, vio que podía moverse, saboreó el poder del cambio y por primera vez sintió placer fuera de sus deseos; esperó a que se formara un nuevo eslabón con aquella oleada de placer, pero no sucedió así. Ikur había sentido placer sin desearlo o, mejor dicho, deseándolo de otro modo.
Tercero, respiró. Respiró al apartar un eslabón de su cara y vio Ikur que las cadenas eran algo malo, y sin saber qué era lo malo, Ikur deseó no tener ya más cadenas.
Lo cuarto que Ikur vio fue que al desear no tener cadenas, estas comenzaron a multiplicarse y a crecer y a cubrirlo más y más, y a ensañarse salvajemente con él. Obviamente había violado el artículo primero de la Ley de las Cadenas: «Nunca desearás no tener cadenas».
Pero el cataclismo que estaba sufriendo Ikur y que lo colocó al borde del no-ser-vivo
"Anguish-18", Seo Young-Deok
fue, como todo cataclismo que se precie de tal, productivo. Ikur vio que debería hacer otra cosa, algo nuevo, algo distinto... Pero, ¿qué?
Por lo pronto resistió, resistió el avance de las cadenas y las cadenas quisieron hacer algo nuevo, quisieron meterse dentro de él.
Ikur vio que tenía un adentro y que las cadenas tenían que forzarlo para entrar. Ikur vio entonces que las cadenas estaban afuera de Ikur.
Vio también que no quería que las cadenas entrasen porque entonces las cadenas pasarían a ser Ikur.
Comenzó a forcejear con su nueva habilidad, a moverse para zafar de sus ataduras.
Que Ikur recordase, era la primera vez que hacía algo.
Pero ni desear, ni ver, ni hacer, lograban que Ikur se liberase de sus cadenas, aquellas que había construido eslabón por eslabón; cada deseo, un eslabón.
Este era el momento en que cualquiera de nosotros esperaría un héroe, Ikur no sabía lo que era un héroe y creo que tampoco sabía lo que era esperar.
Pero el héroe apareció, como en toda historia que se precie. O más bien siempre había estado allí. Sucede que la Naturaleza actuó e Ikur unió en su mente unas claras conclusiones de lo visto, lo deseado y lo ocurrido: Ikur era y podía ya no ser.
Bastó lo acontecido para que las cadenas se diluyesen en una fina capa de ceniza gris que cayó a sus pies, lenta y suavemente. La amenaza yacía a sus plantas, mansa y vulnerable.
Ikur se detuvo y volvió a pensar en la reveladora frase: Ikur es y puede no ser.
Inmediatamente su mente obtuvo una nueva conclusión: Ikur es.
Y finalmente llegó al punto capital de su reflexión: Él era Ikur.
Recordó estas tres frases muy bien y comenzó a repetirlas en su mente: “Ikur es y puede no ser”. “Ikur es”. “Yo soy Ikur”. “Ikur es y puede no ser”. “Ikur es”. “Yo soy...”
Y mientras repetía una y otra vez lo aprendido, comenzó a caminar sin rumbo, caminar le proporcionaba más placer que desear, y pensar le proporcionaba algo mejor que el placer; Ikur no sabía lo que le proporcionaba y comenzó a reflexionar sobre qué era aquello que no sabía que le proporcionaba pensar y llegó a una conclusión: Ikur no sabía.
Al instante un trueno recorrió su mente y una luz lo cegó. Restregó sus ojos hasta acostumbrarse a la luz: un disco grande y redondo brillaba sobre un fondo celeste muy lejos sobre su cabeza, estaba parado sobre algo verde y suave que se elevaba desde el suelo, y a su alrededor descubrió miles de maravillas. Ikur no sabía lo que eran y solo se quedó viendo todas esas maravillas verdes, azules, rojas, inmóviles y móviles, grandes y pequeñitas; y pensó que algo estaba sucediendo a su alrededor…



martes, 13 de enero de 2015

Alegrías de escribir...

 Alegrías de escribir son justamente las que trae el propio escribir, el crear universos...
Henriette Browne, "A Girl Writing; The Pet Goldfinch" (1870 aprox.)
 Pero también lo son el encontrar a alguien a quien, lo que uno hace, le llega de un modo especial...

 No sé, de pronto todo pasó.
 Hace poco, una gigante: Angélica Gorodischer diciéndome que ese pequeño relato-cuento que escribí le la tocó de verdad...
 Luego, otra genia (la generosísima Pilar Pedraza), comenta que le gusta, que le parece intensísimo y poético un cuento inedito mío y elogia mi prosa...
 Y de golpe me topo con ésta reseña reciente de Terra Nova, antología maravillosa que, después de más de dos años de publicada —junto con sus editores, los increíbles compañeros que me tocaron (y mi querido cuento "Memoria")— me sigue dando TANTAS ALEGRÍAS!!!!!!!!!!

Guau, ¡qué reseña! Mil gracias a Enclavepública:
    Memoria de Teresa P. [sí, yo, Mira de Echeverría, jeje]: Excelente 
    • Un cuento onírico y de buena factura. Una historia clásica y bastante previsible, que respira toques que recuerdan a Dune de Frank Herbert con los Freeman y también de Crónicas Marcianas de Bradbury. En este cuento de amor eterno juega con maestría y combina como pocos temas tan fundamentales como el amor, la sexualidad y el tiempo y el destino  si fuera realmente vislumbrado como afectaría a las personas dichos destinos. Siempre me gustan estos cuentos que resumen en ellos mismos lo que podría ser una novela de 1000 páginas en una historia cerrada y sin complicaciones, al grano, repleta de posibilidades solo mencionadas para que el lector deja volar la imaginación. Me gusta mucho descubrir una frase regalada por el autor  que podría ser una mina de posibilidades y que por si misma explotaría un mundo narrativo nuevo o una historia propia. Ramas y posibilidades.  Es un presente del autor que deposita una pequeña joya en nuestras manos.  Una excelente ejecución para un excelente cuento.
Y entonces... no puedo dejar de pensar y agradecer a alguien que, en aquella época —una persona increíble a la que aún no conocía—, sacaba ésta reseña que constituyó la primera y más agrande alegría que me dio la antología (luego de haber sido seleccionada) y todavía guardo esas palabras en un sitio muy especial.
Más ficción que ciencia (Cristina Jurado) decía:

"Cuando llego al relato “Memoria” de la bonaerense Teresa P. Mira de Echevarría creo haber perdido la capacidad de sorpresa. Y de nuevo la magia surge de entre las páginas y empiezo a soñar despierta con un cuento inteligente con sabor a Bradbury. ¿Será que Marte me puede y toda historia que se escenifica allí me tiene ganada desde el principio? ¿Será la apuesta por una trama nada convencional y por un estilo emotivo pero sin estridencias ni pretensiones banas? Lo único que sé es que, a diferencia de al blog que a todo le pone “peros”, a mí me dieron ganas de transportarme al planeta rojo para conocer a Jedediah y a Áyax. Estoy convencida de que viven allí o vivirán, no lo sé con certeza, pero aquel mundo es su hogar y así me lo hizo sentir la autora. Lo anterior es solo una torpe manera de intentar expresar aquí mi admiración por este cuento, como podéis suponer. Yo recomendaría leer “Memoria” a quienes argumentan que la ciencia ficción trata superficialmente los sentimientos. Este relato también sedujo al blog. Es raro que coincidamos… tendré que consultar con un especialista."

O, que en una radio de España, de pronto escuche una hermosa voz diciendo algo que me suena muy conocido (en medio de un programa que me tenía hipnotizada de tan interesantísimo) y entonces diga: "¡Ey, ese es mi cuento!", y estén leyendo un fragmento de "Memoria":


Y esas son alegrías que no puedo, ni quiero, ni debo dejar escapar... Esas son las alegrías que me hacen seguir.
 Porque, además de ese hambre de escribir —imposible de refrenar—, estas alegrías abren el horizonte del "para quién".
 Y lo hacen en el marco del "con quienes": junto al apoyo incondicional de mis viejos (mi padre, quien me introdujo en la CF y mi madre que me impulsa con su sabiduría), junto a la confianza absoluta de Guille, junto al abrazo de un/a amigo/a-colega que me dice de pronto: "¡Esto es muy bueno!" o "Qué hij..."

 O junto a alguien que nunca vi y con el que parece que estuvimos conversando largo rato (o lo estaremos, algún día), sin yo saberlo... aún.



martes, 30 de diciembre de 2014

¿Temas superados?... I Won't Back Down

 Por regla general nunca critico críticas, porque éstas son expresiones libres y personales —y así deben seguir siéndolo, sin que el escritor se meta en medio como un pomposo ofendido—.
 Pero hace rato que viene dándome vueltas por la cabeza algo que me inquietó mucho respecto de un crítica muy negativa. Y les juro que no fue la propia crítica —las he tenido peores y las he tenido tan hermosas que me han llenado el alma de alegría... y ésta tal vez estaba en lo cierto (aunque, honestamente, yo creo que no; pero... quién sabe)—, sino que lo que me conmocionó hasta las vísceras fue lo que dicha crítica implicaba, la postura existencial que funcionaba como eje de su enunciado. Y es que una de las tantas razones que esgrimía era algo así como que:

"Ese tema está superado"...

 ...¿En serio?
 ¿De veras alguien cree que hay temas superados?

 El racismo, la homofobia, el sexismo, la desigualdad social, la pobreza, la ignorancia, la guerra, la falta de libertades, incluso la esclavitud... ¿Esos son temas superados?

 O tal vez se estuviera refiriendo al amor, a los sentimientos, al miedo, a la desesperanza, a las relaciones humanas...
 ¡No, en serio!, ¿alguien cree realmente eso? ¿Alguien cree que existen temas superados?

 Ted Chiang es uno de esos escritores que (junto con Ken Lui, China Miéville o tantos otros escritores de CF contemporánea) toma temas "no nuevos" —si es que existe algo así como una "novedad absoluta"— y los presenta de manera que podamos advertir en ellos una arista o un giro en el que, hasta ahora, nunca habíamos reparado (como el pez en la pecera que no advierte el agua que lo rodea... ¡Gracias Judith Merril!).
 No digo que el tema que yo traté en aquel cuento estuviese "bien tratado" —al menos, de acuerdo a los estándares de aquel crítico (aunque a mí el cuento me gusta mucho y hasta fue candidato al premio Ignotus)—, ni a la altura de esos genios que cité; pero lo que no puedo sostener ni por un segundo es que el tema de la intolerancia sexual o la coexistencia multicultural o las nuevas (o, tal vez, muy antiguas) formas de expresión humanas y sus variantes rituales, o las formas propias que un sentimiento puede revestir en un ser inteligente, o la libertad para ser lo que a uno se le dé la gana (o cumpla su vocación más íntima y esencial), sean temas superados...

 Humildemente, pienso que no hay "temas superados", sino sólo "temas humanos".
 Porque cuando consideramos que un tema ya está superado (o, mejor dicho negado, archivado y apartado de la mirada porque molesta o nos gustaría —con mala o buena intención— que ese problema no existiera), seguro que estamos pasando por encima del derecho de alguien.

 Así que ése es mi propósito para el  201... Seguir escribiendo sobre todos esos supuestos "temas superados"...

Y, como diría Tom Petty, I Won't Back Down (no voy a retroceder).


(Tal vez ése sea mi caballito de batalla del nuevo año... Por supuesto que sí voy a repensar lo que di por supuesto, y a cambiar de idea cuando sea sabio hacerlo, y a ver las cosas desde la perspectiva del otro, y a abrazar la multiplicidad... Pero, una vez que sé que algo merece la pena ser contado o vivido,... no voy a retroceder.)


domingo, 14 de diciembre de 2014

Alicias tras los espejos

El lugar: El estudio de Angélica Gorodischer.
En el espejo: Laura y Teresa.
En el cuadrito a la izquierda del espejo: Angélica y Ursula K. Le Guin.
El cuadro debajo (flor naranja de por medio): un collage de Úrsula para Angélica.
A la derecha de éste último cuadro: "El origen de la vida" de Courbet.
¿Sigo?



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Encuentro con Angélica Gorodischer


 El 7 de Diciembre pasado, en la ciudad de Rosario (Argentina), nos encontramos Laura Ponce, Guillermo Echeverría, Gabriel Reynoso y yo con la gran Angélica Gorodischer, a instancias de la antología Alucinadas y gracias a Cristina Jurado.
 Fueron dos horas maravillosas y tan intensas que no sabía cómo relatarlas, así que ésta es la crónica fabulosa de lo sucedido porque, para mí, fue verdaderamente un suceso mágico.
 Así que si encuentran taxis metamorfoseados en corceles de noche y oro, o ríos que son dragones, sepan que así es la pura realidad...


El muy portentoso y asombroso relato de dos valientes peregrinas y sus feroces escuderos, en pos de la comunión con una potencia angélica

por maese (sir) Theresa Ómicron Ceti, compañera de Etxeberria

Sigamos escribiendo,
porque si no nos jodemos, francamente.”
Angélica Gorodischer


La peregrinación no había sido idea nuestra, ni mucho menos mía —que jamás idea semejante hubiera pasado por mi mente, a no ser que fuese bajo la forma de un deseo que rápidamente diera por loco y vano—, en realidad había surgido como una suerte de “milagro”, como una señal extraña, como un sueño en el cual se le habla a uno de cosas veraces pero no comprobables bajo la luz del sol.
Una de las miembros de nuestra cofradía la llamó “maga” —también podría llamársela “hechicera” o, incluso, “bruja” en el más alto y maravilloso sentido del término—, lo cierto es que la Cristalina Juramentada nos había reunido a todas. A cada una por un medio distinto, tal como si fuese una nueva Merlín o, mejor aún, como una Morgana convocándonos en torno a una Alta Alucinación femenina y profunda, plagada de futuro e imaginación. El signo que nos había traído desde distintos sitios: la alta montaña de lo cibernético, las ciudades de piedra y espejismos de lo cuántico, los pozos de niebla de lo distópico, e incluso desde más allá del mar de los Atlantes era, ni más ni menos, que el mismo que guía mi pluma desde que tengo memoria de mi vocación... esas dos letras admirables: “CF”.
Luego que las sillas en torno a la mesa redonda del eterno ciclo sin centro ni circunferencia, estuvieran ocupadas por más de quince integrantes —diez de ella elegidas para combatir (y es menester decir que muchas más habían respondido al llamado, y esas tantas valerosas nos daban fuerzas para lo que se aproximaba)—, fue leída la fórmula. Entonces alguien, una compañera muy valiente o muy temeraria, me nombró “capitana” y yo acepté aquella encomienda con tanto orgullo como temor.
Nuestro combate se libraría mediante el antiquísimo sortilegio de las palabras y, por ello, el campo de batalla exigía ser un libro. Y como es sabido, un libro es capaz de alterar la realidad mucho más que un puño o un grito.
Cuando el gran libro estuvo escrupulosamente copiado y preciosamente iluminado —con cada relato superponiendo la vida y la obra de la guerrera de la pluma que lo había escrito—, éste voló gracias a la artes arcanas de las hechiceras editantes y se internó en las etéreas regiones del conocimiento, donde los ángeles y los demonios de los electrones danzan en complejas manifestaciones, hasta llegar a recónditos sitios donde era esperado con afán, recibido con beneplácito o contemplado con asombrado o receloso interés.
Era aquel el momento convenido del cónclave. La redonda mesa sin centro ni circunferencia debía volverse tangible para que las caballeras pudieran reunirse en piel, sangre y hueso, y su voz escuchada. El mayor inconveniente lo constituía el poderoso Atlante, inflexible y cruel, y las leyes carónticas de los barqueros que exigían compensaciones imposibles de afrontar para su cruce. De modo que la poderosa hechicera Cristalina, que vivía más allá del desierto intermedio, creó otra mesa, una más pequeña, en la que —nos dijo— sólo cabrían tres. Y convocó a las dos valientes que vivían del otro lado del Atlante, y les impuso una tarea, una peregrinación: ir en busca de la Gran Maestra, aquella que podía hablar con la voz de mil espadas de doble filo, y reunirse con ella en nombre de las demás.
Célebres eras las guerras en las que había incursionado la Gran Maestra, y más de treinta batallas sostenían su nombre invicto. Su sabiduría y su ingenio eran conocidos en todo el orbe que se regía por el signo de la CF, e incluso mucho más allá de él también.
Así la Cristalina, la gran bruja del desierto, me envió con una sola contraseña por escudo: “decime Narda”, y yo fui.
Maese Láurea (la variados laureles), iría en similar peregrinación, pero nuestros caminos divergirían. Por rutas diferentes emprendimos la marcha. Con el sol fuimos mi compañero y yo; con la luna, ella y su escudero. Los primeros en llegar al sitio donde el gran dragón serpentino, de cuerpo escamoso y dorado pajizo, brilla como un río capaz de tragarse todo un mundo —el sitio cuya tierra y cuyo nombre rezan un rezo circular sin fin—, fuimos nosotros. Apenas desembarcamos, el mismísimo aliento del enfurecido dragón casi nos abraza, y su sofocante calor fue la primera prueba que debimos sortear. Su hálito húmedo y ardiente parecía salido del Érebo mismo.
La Gran diosa de la CF debe haberse apiadado de nosotros porque pronto encontramos refugio y ayuda: la posada del euskaldún nos dio cobijo esa noche, y en sus frías habitaciones recobramos fuerzas; mientras que los hombres del trébol, los seguidores de la dulce y luminosa Dana, nos brindaron alimentos y bebida.
Láurea, por su parte, sufría su propia prueba: un doloroso velar de armas que la dejó exhausta pero no la venció.
Al otro día, el día del encuentro, el del número perfecto del último mes, fue el agua el elemento con el cual el dragón nos probó. La lluvia inclemente amenazaba con barrer la ciudad junto con su estrépito y poder. Pero nunca lo que cae de lo alto puede amedrentar a un seguidor de la CF. Bajo el agua, nos reunimos maese Láurea, yo y nuestros fidelísimos compañeros. Luego de planear la estrategia decidimos engañar al dragón y su lluvia encaminándonos, como el astuto Odiseo, dentro del vientre de un veloz corcel hecho de pura noche y oro —cuyos números generosos, cayeron esta vez con pausada piedad—, y así arribamos al hogar de la Gran Maestra.
La tercera prueba fue saber que nuestra estrategia había desaparecido y nuestras mentes estaban en blanco. Toda agua es bautismal y aquel renacimiento era como haber sido bañados por el olvido Leteo y la memoria Eunoe, pero a un tiempo: en nuestras mentes se agolpaba y huían todas las ideas (olvidar lo malo y recordar lo bueno hubiese aconsejado Dante, pero aquella era una peregrinación femenina). Ahí comprendí que el dragón seguramente le obedecía a ella.
Movidas por la ansiedad de nuestro corazón sin reposo, llegamos antes del tiempo convenido, pero la sonrisa con la que ella, la Gran Maestra, nos recibió, me recordaron las palabras del legendario mago, hijo de un colega suyo: No se llega tarde, ni temprano, sino en el momento justo.
Cuando cruzamos el umbral hacia su mundo, aquello fue como entrar en el corazón de la leyenda. ¡El Grial a nuestro alcance! Ya no había gárgolas, ni vallados, sino la apertura femenina y vegetal de lo generoso, de la generosidad misma hecha paisaje y vida. Ella nos dijo que la habíamos despertado y yo soñé con los sueños en los que habría habitado.
Dejamos nuestros miedos bajo el fragante tilo lleno de promesas de calma. Recorrimos el estrecho pasillo que lleva a la puerta aún más estrecha que se abre a lo que en verdad vale la pena, y fuimos acariciados por el susurro feliz de las hortensias en flor, cuya humedad y delicadeza parecían darnos la bienvenida. Apenas llegamos a la zona más profunda, nos recibió un nuevo jardín cargado de un sutil poder. Primero un jazmín, alto como yo (y yo iba revestida de mi mejor armadura) nos asombró con su esencia del Oriente. Luego fue una magnolia enorme, cuyas flores, grandes como cabezas humanas, parecían recordar una versión feliz de las historias del Popol Vuh: cabezas fragantes que habían vencido al Xibalbá mismo, y recitaban para nosotros las historias del sol y la luna de América. Entonces, un estrecho camino que nos obligó a bajar nuestras últimas defensas y a caminar de a uno por vez (tal como se entra a todo sitio trascendente), nos depositó bajo un laurel tan grande como el mismísimo Yggdrasil. Un signo, nos dijo la Gran Maestra, de la buena fortuna que había querido crecer allí por voluntad propia, como un regalo de los hados.
En el frontispicio de la pequeña ermita (que era a la vez un Sacta Sanctorum), clavado como los 12 puntos de una protesta y, al mismo tiempo, como una declaración de principios, no estaba el délfico “Conócete a ti mismo”, pero era como si lo estuviese... Keats era la pitia elegida que pedía libros, vino francés, frutas, un buen clima y una pequeña música interpretada al aire libre por alguien desconocido.
Apenas ingresamos nos quedamos maravillados, pues lo que por fuera solo aparentaba ser una pequeña construcción, albergaba mundos en su interior. Había tres cajas que contenían futuros posibles. Planetas reducidos al tamaño de huevos. Archivos conformados con todo aquello que le duele al mundo. Pequeños recipientes heterogéneos dispuestos a la espera de negros brebajes. El pensamiento de los siglos en altos anaqueles. Imágenes de la esencia misma de lo que somos colgando de las paredes, imágenes hechas por manos maravillosas, mensajes de amistad de los poderes más profundos de la CF firmados por la propia mano izquierda de la luz y las tinieblas.
Le dimos nuestros presentes, más bien nuestras humildes ilusiones y ella las recibió como si fueran un tesoro magnífico. La comunión era simple, como todo lo profundo. Y entonces la Gran Maestra, la revestida de los poderes Angélicos nos preguntó quiénes éramos y cómo habíamos llegado hasta allí. Y aquello resultó ser una interpelación esencial.
Nuestras respuestas eran una mezcla de trivialidades y los anhelos de toda una existencia. Estábamos pidiéndole permisos para ser nosotras. Y sabíamos secretamente que ella era una de las pocas en este orbe que podía darnos tal permiso. Antes de retirarse para traer el elixir con el cual nos ungiría, nos dijo casi como si cualquier cosa: “No soy un oráculo” y salió de la mano de su ancestral bastón —alguna vez perteneciente a uno de los más grandes héroes de este suelo—, un báculo ínfimo hecho de pura historia condensada en la liviandad de una caña hueca, para que toda su pasión y el universo mismo cupiesen en él.
Yo pensé en lo oracular de aquella frase, en lo críptico de lo evidente, y me sentí feliz: no habría palabras abstrusas, sólo experiencias compartidas.
Tras unos momentos de vacilación, los cuatro nos pusimos de pie. Las instrucciones que ella nos había dado fueron claras y sencillas: podíamos mirarlo todo pero no alterar el orden. Pensé que aquel orden (quizás todo orden) no fuese otra cosa que un caos controlado y, en este caso, el caldero desde donde bullían todos sus universos. Así que cada uno de nosotros se dirigió a un punto cardinal específico: maese Grendel fue al Sur, donde estaba el ojo gigante que miraba el afuera y a las orbes interiores al mismo tiempo; maese Láurea, al Oeste, frente al altar mismo donde nacían las historias y donde yacían, como si tal cosa, los pendones, medallas y trofeos conquistados en innumerables victorias; maese Wilhelm se dirigió al Este, donde la mesa cobijaba el sacrificio y donde aquellos temas que quemaban con sólo acercárseles se alzaban en blancos anaqueles; y yo me decidí por el Norte, donde pude ver libros y libros y más libros y, entre ellos, las mismas palabras con las que yo me había iniciado en mi juventud: ritos de pasaje panshineos, desiertos arrakenos, intersecciones delanyanas... ¡Así que su alma y la mía habían bebido de las mismas aguas! Quedé maravillada por lo que aquello implicaba: en la CF todos arrancábamos por el mismo camino.
Se sabe que todo genio es tal porque se encuentra en equilibrio y la genialidad de la angelical vino subrayada por la bonhomía del arquitecto, un caballero armonioso y bondadoso por demás que trajo las libaciones. Y entonces empezó el rito: el brebaje oscuro, las preguntas, las historias relatadas que lo decían todo.
Hubo consejos para las futuras caballeras: tener una voluntad propia, una que jamás claudique ante los vaivenes del viento de las opiniones. Saber bien dónde está una parada en el mundo porque eso se transparenta en lo escrito, y jamás pretender ser aséptico, porque no se puede escribir un cuento —un buen cuento, un cuento que no nos traicione—, sin ideología. Saber desprenderse de lo que a uno no lo satisface, incluso lo que costó esfuerzo escribir. Desarrollar nuestras historias hasta ser capaces de oír a los homúnculos que nacen de nuestra pluma —incluso nos mostró, allí mismo, de modo ejemplar, cómo dominar uno que le pertenecía, uno llamado Trafalgar—. También nos dijo cómo bregar hasta el momento en que uno puede llegar a escuchar a esos homúnculos, pero sin dejar de disciplinarlos (incluso yo recibí su permiso para invocar su nombre si tal tarea se me volvía dificultosa). Nos habló de no dejar que la miopía de los que no ven más allá de sus propias narices sentencien que hay temas que han sido superados. Y, sobre todo, nos instó a ser libres para crear. “Yo sé cuando tengo éxito —nos dijo magistralmente—, tengo éxito cuando los pelotudos me miran con cara de «esta mina está loca»”. Y todo eso nos lo dijo como si fuésemos pares, no sólo como aquellas iniciadas con las que compartía el mismo libro, sino como verdaderas colegas de armas. Láurea y yo oscilábamos entre el llanto y la risa, y ella simplemente nos acariciaba con su inteligencia y su constante sonrisa.
Recordé la música de la que hablaba el frontispicio de Keats pegado en la puerta de esta ermita-taller-matraz de alquimista y supe que era el canto de los pájaros y las constantes risas que condimentaron toda la velada.
Nos encomendó que escribiéramos desde nosotras, desde lo que somos y más allá de lo que somos. Que dejemos que el camino relate la meta: que nos concentremos en la peripecia, la aventura, para que las idea se transparente sola, y no al revés. Que respetemos las palabras porque tienen poder, pero que no claudiquemos en expresarlas a nuestro antojo. Que construyamos un mapa, pero que sepamos salirnos de él cuando la historia lo exige. Que evoquemos lo femenino, que continuemos esta gesta más y más en ese sentido de alucinación, de mujer, de creadoras, de CF (un sitio, nos dijo —y aquí sí que fue heraclíteamente oscura— del que jamás se retorna: “La ciencia ficción te deja una marca muy grave, muy seria, muy honda. Una vez que uno anduvo por el género difícil que te puedas escapar del todo”. Para mis oídos aquellas palabras fueron más que auspiciosas significaban que una vez puesto el pie en esa senda, nunca más se puede retroceder... Y ésa es, precisamente, mi meta).
Por un momento su mirada se concentró en sí misma o tal vez en detalles que sólo ella podía advertir del mundo, cosas que únicamente el ojo de una Gran Maestra podían ver y, con un tono simple y tan hondo que nos arrancó lágrimas, suspiró: “Qué se yo... es lindo escribir”. ¡Por la diosa de la CF, ése momento fue tan mágico! A maese Láurea se le humedecieron los ojos y yo... mientras retorcía un pequeño trozo de papel entre los dedos por undécima vez... yo quedé atragantada de tantas perspectivas al punto de sentir que mi armadura se volvía tan liviana como una pluma, ingrávida.
La Gran Maestra, esa dama de cabello de fuego, nos dijo tantas cosas (cosas íntimas, cosas inmensas, cosas cotidianas) que sólo el volver a esos parajes de la memoria podrá hacer que las revivamos o, tal vez, que las reescribamos. Incluso nos habló de su propia vocación definitiva, su motor en el arte: Lo Inexplicable. Sólo sé que hubo un momento, entre anécdotas compartidas y la humildad de quién podía incluso admirarse de nuestros pequeños logros, en el que, idealmente, ella se puso de pie y nosotras dos, idealmente, hincamos rodilla en tierra. En ese momento, en ese sitio que es un nudo de todo sitio posible, la quintaesencia del rincón de vida que todos ansiamos —la de quien escribe porque no podría jamás dejar de hacerlo—, con nuestros fieles escuderos dándonos coraje... ella alzó su espada, apoyó primero el filo sobre el hombro derecho de la razón, luego sobre el hombro izquierdo del corazón y, finalmente, sobre nuestras testas llena de nubes, y pronunció la fórmula con la que nos armó caballeras: “Sigamos escribiendo”.
(¿Sabría la Cristalina que esto sucedería y por eso nos envió allí?)
Aquello era una bendición y también una encomienda, un comando, un llamado... Las que entramos como aprendices salíamos como caballeras, aún tímidas, pero con el pecho henchido de la fuerza, la bondad y las demás virtudes que ella nos había insuflado: la fe y el poder de batallarlo todo sin temer a nada salvo a no hacer lo que deseemos, el valor de la transgresión, la disciplina de lo inevitable de la escritura que es “como un vicio” porque: “No podés, ¿cómo vas a dejar de escribir? No se puede”.
Cuando el tiempo fue el que debía ser (y todos pudimos sentirlo como una brisa suave de placidez) recogí unas ramas de sus laureles para poder tener un hito, una llama que nos guiase en nuestras futuras aventuras tal como la rama dorada había guiado a Eneas. Recién al volver al cruzar el umbral y regresar al campo de la batalla cotidiana, dejando al otro lado de la valla verde ese sitio feérico e hiperreal, comprendí lo que había sucedido y deseé haber preguntado mil cosas más. Ella nos saludó como quien se despide de alguien a quien volverá a ver pronto, y nosotros caminamos obnubilados, livianas y flotantes, intentando dar cuenta de aquel misterio que habíamos vivido. Por sobre nuestras cabezas, como un signo de los signos, el arco de siete colores había empezado a envolver el cielo: el dragón al fin nos sonreía. Entonces, cuando el camino se bifurcó y tuvimos que detenernos, dimos un grito salvaje de triunfo y nos abrazamos para llorar de felicidad.
Dos, cuatro, cuatro-dos personas habíamos entrado allí y habíamos salido transformados. Ahora era tiempo de contarle a nuestras hermanas del Mundo Antiguo cuáles eran esos consejos que la Gran Maestra nos había transmitido en germen, y que llevábamos en nosotras, gestándose casi inconscientemente. El mensaje de que algo, algo impreciso y profundo, había cambiado de pronto para todas las alucinadas integrantes de la mesa redonda sin centro ni circunferencia, y que eso era como una semilla que al fin había eclosionado y para la cual, felizmente, ya no hay modo de volver atrás...
   
Rosarium de la Sagrada Fe, a orillas de Dragón Paranaensis, en el País de Ag. Al otro lado del Atlante (o a éste). Siendo el día perfecto, del último mes, del año mágico, terrible y santo de la publicación de Alucinadas.